Recordar un 20 de octubre del 2018, cuando mi mamá me dijo que quería llevarme a atender una cita en La Antigua,, era para cuidarme, como su niña, porque llevaba nuevamente una vida en mi vientre y no quería que me esforzara de más.
Recuerdo que me reprochó por atender en un fin de semana largo, lejos, pero al final nos sirvió para compartir un rato bonito y de paso, me viera trabajar.
La pasamos tan bonito y quedé tan satisfecha con mi trabajo, que venía con una sonrisa de oreja a oreja. Habíamos quedado que al regresar íbamos a ir al cumpleaños del tío Héctor, con toda la familia.
Todo iba conforme al plan, pasándola lindo, recordando cuando me enseñó a cambiar las velocidades del carro cuando era niña, me sentía tan feliz, cuidada, que todo marchaba bien.
Pero no, llegamos y fui directo al baño, entro y empiezo a llamar a mi mamá, vi sangre, me asusté. Llamamos a Erick para que llegara en ese momento y la familia entró a cuidarme, ver de resolver y calmarnos mientras veíamos que hacer.
Lo inevitable estaba pasando, mi cuerpo ya no podía sostener la vida que se estaba gestando, mi mamá me subió al carro y a correr al hospital. Todo pasó como en cámara lenta pero demasiado rápido a la vez.
¡Ya no está! Pero estuvo, fue, es. Entendimos que no hubiera nacido, que era niña y que no hubiéramos podido hacer nada al respecto. La amamos y la entregamos, nos entregamos a ella y lloramos.
Mi mamá nos sostuvo, me sentí niña, quise sostener a mi niña y no pude, pero la sostengo de otra manera.
Te visualizo bailarina, inquieta, pequeña, alegre y juguetona, colochita, esperando por nosotros, acompañada y con su sonrisa dulce diciéndonos, papi, mami, los amo.
Te amamos colochita linda, nuestra Anita. A tus 7 años de que naciste en el cielo nuestra princesita, sigues siempre acá.

No hay comentarios:
Publicar un comentario